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Página 1 de 3 ¿Cómo perdonar?
Es posible que el perdón sea lo más divino que se exige a los humanos. Nada tan difícil como aceptar que quien nos hiere, abandona, humilla o traiciona sea digno de perdón. Dicen que es más fácil perdonar a los desconocidos que a los seres queridos, porque la presencia diaria o constante de estos en nuestras vidas, o su ausencia dolorosa, hace que la herida que causaron no pueda evitarse o esconderse.
¿Qué ayuda al perdón?
El tiempo ayuda a perdonar, pero no basta. Porque un hijo que cometió un desfalco y manchó el honor de una familia, un marido que fue infiel, una madre que traicionó un secreto, un padre que cometió un acto de violencia con algún cercano o aquel y aquella que nos abandonó, no pueden esperar el perdón. Están ahí, presentes, relacionándose directa o indirectamente con nosotros.
Sirven el control y los buenos modales, de verdad es así. En culturas más impulsivas o en relaciones donde las formas son secundarias, es más difícil construir hábitos de una nueva relación. No importa que seamos lejanos, que estemos dolidos, que sólo podamos ser formales, pero por lo menos estamos estableciendo vínculos, que van dando espacio a la larga a la reconciliación en la experiencia nueva de relacionarse.
Ayuda sobre todo la compasión. Para perdonar a otro necesitamos reconocer con humildad que somos pequeños y limitados, y que también lo son los otros. Ésa es la compasión, o la empatía, que se le parece. Porque yo soy pecador, puedo aceptar el pecado ajeno, porque yo abandono y fallo y traiciono es que puedo imaginar que otro sea tan pequeño como yo. Eso no quita el dolor ni la rabia. No. Pero, al menos, da pie para un juicio racional que me permita salir del rol de víctima de una injusticia imperdonable. Es distinto decirse a uno mismo: "No puedo soportar este dolor, aunque tal vez yo se lo infligí antes a otro o podría hacerlo el día de mañana", que decirse: "Estamos frente a un monstruo, sólo alguien inhumano es capaz de esta acción". Porque en la primera postura, al menos, estamos en el reconocimiento de que el daño tiene que ver también con mi vulnerabilidad, y no sólo con las condiciones del otro. En la segunda alternativa estamos en el juicio que nos deja victimizados.
Está más cerca del perdón la mujer que dice que su marido es un imbécil por haberla engañado, que ella es mejor que la otra, que no soporta la humillación de que otros la vean como una tonta, que la que sólo dice que el marido ha cometido un acto inmoral y una traición imperdonable, después de que se juraron fidelidad el día del matrimonio. ¿Por qué? Porque la primera habla de sí misma y la segunda habla del otro. En la primera hay un principio de humildad que dará origen a la compasión y luego al perdón. Se puede perdonar con rabia, con dolor y aun con rabia de perdonar.
La segunda se quedó en la prédica, sola, escondida, sin acceso al otro, sin acceso a la humanidad del otro y a la propia.
Mucha patología mental viene de la dificultad de perdonar.
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